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Las comarcas leonesas de Laciana, Babia, Omaña y Luna, constituyen un territorio con unos rasgos comunes forjados por su hábitat de alta montaña. Su dialectología afín y su folclore casi unitario están marcados por su situación a caballo entre las cuencas de los ríos Sil y la vertiente cantábrica.
En este área de "alzada", por donde transitaban pastores trashumantes extremeños y arrieros, el grupo social de los vaqueiros actuó como elemento aglutinante de un rico folclore que hoy destaca por su tremenda originalidad y acusado arcaísmo.
Una de las manifestaciones folklórico-musicales donde se hacen más patentes las influencias mutuas entre "vaqueiros" y el resto de la comunidad campesina o "xaldos" son los llamados «cantares de boda», de fuerte arraigo popular en toda la zona hasta entrado el siglo XX.
En pueblos como Villaseca de Laciana, el cortejo nupcial era guiado por cantadoras al ritmo de pandeiros adornados con cintas de colores. El ritual comenzaba con una solemne invitación a la novia para que abandonara la casa paterna, mostrando reminiscencias de los antiguos cantares paralelísticos medievales:
La similitud de las danzas a ambos lados de la Cordillera Cantábrica se manifiesta en movimientos muy concretos compartidos por las comunidades montañesas.
El aislamiento geográfico ha permitido conservar no solo las melodías, sino una rica terminología autóctona perteneciente al patsuezu, dialecto del leonés caracterizado por palatalizar a menudo la "l" y la "ll". Así se refieren a los instrumentos que amenizan las fiestas, los filandones y el trabajo pastoril: